Vidas líquidas
-Un día nos vamos a morir.
-Cierto, pero los otros días no.
Charles Schulz
Llegó el invierno. Como todos los años me propuse no ser monotemático, no dedicar largas peroratas a que el frío esto, a que el frío lo otro. Que la nieve, que la oscuridad. Así que traicionándome otra vez, haciendo exactamente lo que dije que no iba a ser, me dispongo a dedicarle extensos párrafos al único tema que verdaderamente importa en enero y febrero en Berlín: el invierno.
Lo que pasó es que no fue solo “el invierno”, sino una ola de frío polar que hasta el momento no había tenido el gusto de conocer. Fue raro. Habrán sido dos semanas en las que el tiempo adquirió un espesor diferente. Me refiero a la experiencia del tiempo, esa que es maleable, que se comprime, aplasta o expande según lo que hagamos, con una viscosidad diferente según nuestra actividad sea algo rutinario, algo nuevo, algo tedioso, algo doloroso.
Me acuerdo cuando se murió mi abuela Alicia que me tiré en el sillón y puse Tumbas de la Gloria de Fito Páez, y simplemente el tiempo pasó. No el tiempo de la canción, sino un tiempo. No me acuerdo si fue antes del velorio, después o varios días más tarde. Ni siquiera que haya escuchado toda la canción o solo una parte. Fue todo un mismo bloque, una unidad espacio temporal: su muerte, el sillón, la canción. Tal vez fue un minuto, tal vez fueron años.
Viví estos días helados sin pensar demasiado, saliendo a trabajar en medio del frío y la nieve. No fue deprimente sino todo lo contrario, tuvo el entusiasmo de los desafíos. Lo más peligroso fue el hielo sobre la superficie, que rápidamente derivó en una pregunta que recorrió la ciudad: y vos, ¿ya te caíste? Parece que en otros países usan productos más eficientes para evitar la formación de hielo en la vereda, pero que al menos en Berlín están prohibidos porque afectan a las plantas y el suelo. No comments.
De pronto la ciudad estaba blanca y fue hermoso… los primeros días. Resultó que las temperaturas se mantuvieron muy bajas durante dos semanas, algo así como entre -5 y -10, con picos de -15. No sé, llegó un momento en el que ya no le prestaba tanta atención a eso. Había una obsesión por la cifra en sí misma y la gente medía el número como likes de Instagram.
Mi ignorancia en torno al frío extremo es tanta que aplico categorías muy básicas para sobrevivir, pero sobre todo para poder llevar un tour de tres horas en la calle cuando el invierno muestra los dientes. No me gusta el frío, pero tampoco es que lo odio. Qué se yo, está ahí. Lo que rescato de él tiene más que ver con la ausencia de características que sí detesto del calor extremo. Quiero al frío por lo que no tiene, digamos. Un amor así nunca puede funcionar.
Para mí siempre existió frío y no frío, y este invierno amplié el espectro: ahora tengo frío, no frío y frío extremo. Este último empieza en -5 y se hunde hasta los -15, justo donde empieza mi feliz ignorancia. De verdad, no me interesa saber más.
Llegué a un punto en el que me levantaba y ya no me preguntaba si hacía frío o no. Daba por sentado “frío extremo” y aplicaba el protocolo. Aplicar el protocolo, eso sí que es integración a la cultura alemana. Entonces máximo abrigo, pero no tirándome ropa encima al modo canasto de ofertas como hacía en Buenos Aires, sino con la técnica que me dio la investigación profunda, que a su vez se remonta a mi época de delivery: una capa térmica, una capa aislante, una capa de abrigo, una capa impermeable. ¿Cuántas capas de ropa puede soportar un hombre?
Cada uno desarrolla sus formas de adaptación. La mía es salir preparado para lo peor por default, hasta algún día llevarme una grata sorpresa. Fue en medio de esas jornadas, mientras viajaba en el tranvía, que me acordé de mis compañeros de colegio que faltaban porque “llovía mucho” y a ninguno de nosotros nos sorprendía. El entorno es todo.
Es cierto que esto del frío te obliga a planificar de otra forma. Por ejemplo, agrupar todas las actividades que implican salir a la calle por un lado, y las que implican puertas adentro por otro. Es que el chiste de las capas consume 10 minutos. Vestirse: 10 minutos. Desvestirse: 10 minutos. Vivir para la ropa. La ropa para vivir.
Todo este rodeo interminable para llegar a lo más importante, sin duda lo que más me gusta de este invierno cruel: advertir cómo las personas siguen con sus vidas, cómo se las ingenian para sostener lo que tienen. Entonces salís menos, pero salís; te juntás menos, pero te juntás. Como si le bajaras el brillo a la pantalla de tu vida. Cambia el tono, cambia la intensidad. Como los peces del Spree, que cuando se congela la superficie bajan a lo más profundo y reducen sus funciones vitales al mínimo. Y allí, en lo que debe ser el silencio más negro y hermoso de la ciudad, siguen con sus vidas líquidas.
Volvió Serafina. Parece que mi bisabuela internada en un neuropsiquiátrico y cuya existencia fue ocultada a la familia por décadas se está convirtiendo en una presencia recurrente por acá. La justicia a veces adquiere formas extrañas.
Ya hablé de ella en una de las entregas anteriores. Ahora fue mi prima la que me pidió aquel texto de la facultad que trajo su historia a la luz y grande fue la sorpresa cuando, oh, no aparecía. Ojo, lo único sobrenatural que encuentro en esto es el desorden que tengo de archivos digitales, realmente de otro planeta.
Yo creía que estaba donde no estaba, mis viejos a doce mil kilómetros buscaban donde yo creía que estaba pero tampoco estaba. Los planes b y c fracasaron, los discos rígidos donde tengo las cosas más viejas tampoco daban noticias, así que empecé a hacerme a la idea de que, tal vez, se había perdido. Tanto la copia digital como la física que metí en un sobre con su historia clínica conseguida a fuerza de chocolates como soborno a las enfermeras.
Pero entonces, Boris.
Boris es el informático de la familia. Un hombre al que vi muy pocas veces, pero del que escuché historias increíbles. Bueno, no sé si increíbles pero pintorescas. Como por ejemplo que vive con la mamá. Una vez se le cortó la luz y como tenía que apantallarla para refrescarla no pudo ir a la oficina de mi viejo a revisar la computadora.
En un chat mi papá dice que Boris anda muy mal de una pata y como le da pena que se vaya a tomar el bondi lo llevó a la casa. Por cómo se habla de la casa de Boris se me hace que vive lejos, al lado de una autopista tal vez o en una zona medianamente peligrosa.
Boris dice cosas como que el 747 es el mejor avión de pasajeros del mundo y que el antivirus ruso Kaspersky es muy superior.
Al revisar el chat familiar encuentro algunas gemas. En un envío de hace algunos años hay una foto con el epígrafe: “¡Boris!” No la puedo descargar ya, pero evidentemente nos la mandaron a los hijos como prueba de existencia. Otra foto dice “Estilo Boris”, y se ve una salsa de tomate al fuego.
¿Conoces a Boris? Podría ser el título de una película.
El mensaje más viejo que lo involucra es de noviembre 2020 y dice “hoy internet by Boris”. Otro dice “hasta recién con Boris, enseñándonos a usar el televisor”. En este chat se habla más de Boris que de muchos familiares cercanos. Pero mi mensaje preferido es uno que escribió el mismísimo Boris y que llega reenviado:
“Aviso que no voy a aceptar las nuevas condiciones de servicio de WhatsApp, que considero peligrosas y abusivas. Recomiendo pasarse a Telegram, que tiene todas las funciones de WhatsApp y mejores. Para quien quiera comunicarse con Boris estaré atento en Telegram”. Como el Diego, como los grandes, Boris habla de él mismo en tercera persona.
Ahora a él, además, hay que agradecerle que haya aparecido el trabajo de Serafina, que rescató de quién sabe qué baulera digital. Esta vez prometo guardarlo con un poco más de responsabilidad histórica.
Algo le debe pasar al cerebro al estar expuesto constantemente a idiomas desconocidos. Alguna actividad neuronal, no digo que mejor o peor, pero diferente. Entre el acostumbramiento y la extrañeza. A veces en el transporte me parece escuchar porteño, pero porteño nivel Dios. La jerga de la jerga, el slang del slang. Después presto un poco más de atención y es alguna lengua de Oriente Medio. Me pasa cada dos o tres meses.
La imprecisión de hablar de Oriente Medio. Diana Uribe, responsable de mi podcast de historia preferido, es lo que se dice una contadora de historias. El storytelling de esa mujer por favor. Siempre me pareció bueno, pero me terminó de maravillar cuando escuché el episodio de Buenos Aires. Fue una de las pocas veces en las que habló de un lugar que conozco bien, y basta escucharla hablar del Río de la Plata para que a uno le den ganas de ir a conocer esa masa de agua aparentemente maravillosa que impacta con su anchura, interminable, tanto que cuando lo vieron los europeos por primera vez creían que era el mar.
Pero lo conozco y para mí siempre fue “ah, sí, el río”. No recuerdo un solo plan con mis amigos para ir al río. Fue, casi, un testigo involuntario de mi vida. Viví siempre a no más de un kilómetro, pero nunca pasó nada entre nosotros. Con fama de sucio e inaccesible, jamás captó mi atención.
Pero ahí está Diana contándolo tan bien que me dieron ganas de tomarme un avión y ni siquiera avisarle a mis amigos, solo para verlo esta vez con ojos nuevos, para pedirle perdón por una vida de indiferencia. No te digo darme un chapuzón para reconciliarnos, pero por qué no mirarlo con profundidad, pensar todas las veces que pasé cerca yendo a hacer tal o cual cosa, yendo a ver a tal o cual persona.
Todo esto para decir que gracias a ella me enteré que las denominaciones “Medio Oriente” y “Lejano Oriente” son en relación a Londres. Lejos o medio lejos de Londres. Fue el gran imperio británico el que en su afán de medirlo todo desde su propio ombligo estableció el lenguaje con el que todavía seguimos hablando de esas tierras.
El Vaticano hizo algo parecido. Lo único que me acuerdo de las visitas que hice allí son unas pinturas que me resultaron fabulosas porque son unos planisferios donde el mundo es dibujado desde lo que se considera el centro del planeta, es decir, el Vaticano mismo. Quiero esa autoestima para mi vida.
Radiohead se reunió, vino a Berlín y yo fui feliz. Al menos durante un rato, al enterarme, porque fue imposible conseguir entradas. Idearon un sistema tan justo para evitar bots -estos programas automatizados que hacen cosas- que compran muchas entradas y después las revenden dejando a los verdaderos fans afuera del concierto, que me agotaron.
El proceso era más o menos así: te anotás en una lista, te llega un mail con un código que te habilita otro código y a esperar un link que llegará desde el ciberespacio en algún momento días después. Una vez que lo recibís pensás “ya está, lo logré”, pero no, ahí la cosa recién empieza. Hasta acá sin problema, estoy acostumbrado a la burocracia alemana.
Entonces aplicás, como a un trabajo, y esperás, te dicen que lamentablemente no quedaste. Andá a saber el argumento de Recursos Humanos, tal vez estás sobrecalificado, te sabés casi todos los temas. Pero que no desesperes, que va a haber otra oportunidad. Qué raras se están poniendo algunas casas, yo solo quiero una (dos) entrada para ir a ver a cuatro tipos arriba de un escenario, y encima a uno de ellos se le está cayendo un ojo.
Pero un día cuando ya me había olvidado completamente de Radiohed, los recitales y ese momento mágico que es cantar los temas de una banda con los energúmenos que los crearon adelante tuyo, me llegó otro mail. Parece que hay un remanente, aplicás, no quedás, pero tampoco desesperes, porque está el canal de reventa oficial -¿reventa oficial?- donde habría que pedirse el día en el laburo para hacer refresh hasta encontrar algo.
Hay un FOMO (esta nueva fobia a perderse cosas) muy fuerte con los recitales y estoy formando parte. Pero de verdad, este sistema es tan justo que solo falta que si al final de todo el proceso no conseguís entradas te lo manden a Tom Yorke a tu casa a tocar un tema en vivo: “Hi, no te preocupes por el desorden, toco Paranoid Andrid en el living y sigo a la próxima casa”.
Me pregunto si estaría escribiendo esto si hubiera conseguido entradas. Por supuesto que no. Seguro detallaría lo fantástico del sonido y especialmente algo en lo que no muchas crónicas especializadas repararon: el impecable y revolucionario sistema de adquisición de tickets implementado por la banda. Íntegro, imparcial, a la altura de la leyenda de una de las bandas que marcó a fuego los 90s y supo adaptarse a los tiempos que corren.
Pero quedémonos con los hechos: Radiohead vino a Berlín, tocó y se fue de Berlín. El mundo siguió girando. Como después de cada cosa increíble que uno se pierde. Como siempre, bah.
En Berlín pude finalmente dar rienda suelta a mi fantasía de desinformación. No está bien que un periodista diga esto, pero siempre la tuve. No saber nada del mundo. Que me resbalen las noticias. Que las tragedias sean ecos lejanos, las crisis económicas algo irrelevante porque me van a afectar exactamente igual sepa de ellas o no, que todo pase como una gran bola de ruido al que cada vez escucho más de lejos, yéndose, hasta dejar de oírla. Nivel de compromiso con la actualidad cero. Nivel de compromiso con la profesión menos diez.
Déjenme, de una vez por todas, ser un pésimo periodista y yo les juro que me voy a levantar todos los días igual, voy a tomar el mismo café, voy a levantar las persianas de la misma manera, recibiré los paquetes de los vecinos e iré a buscar los míos, pagaré mi ticket de transporte y me quejaré del clima de Berlín.
Y eso fue lo que hice. Durante un buen tiempo mi propia vida se convirtió en un laboratorio social conmigo. Y ocurrió algo interesante: de pronto aparecían cosas que me llamaban la atención. Mirá qué loco eso, o aquello, estaría bueno averiguar algo. Empezaron algunos pequeños relevamientos barriales muy a lo doña rosa, y al llegar a casa contárselo a Sol, complementar la información, pedir una opinión de aquí, otra de allá.
Había un interés por conocer, había una búsqueda había un relato. Señoras y señores, si a eso le sumamos el chequeo de la información estamos, para mi desgracia, ante un periodista. Así que toda esta vuelta para descubrir que soy periodista. O mejor dicho: alguien a quien cada tanto le gusta trabajar de periodista. ¿Me podría haber ahorrado el periplo? Por supuesto, pero para qué están las dudas si no es para habitarlas hasta hacerlas explotar.
Hablando de periodismo, siempre me dio mucha intriga por qué una persona acepta dar una entrevista. Teniendo la libertad de no hablar, y siendo ese el estado digamos en el que se encuentra, por qué dice sí, dale, hagámosla. Ocupando tiempo, a veces desplazándose hasta el lugar del encuentro, incluso gastando dinero. Todo entrevistado es interesado, sí, lo sé, pero igual.
De una forma similar me pregunto por qué una persona viene a un tour con diez grados bajo cero, hielo en el piso y nieve cayendo sin parar. Se someten a un recorrido de tres horas, escuchan explicaciones como monjes penitentes. ¡A veces ni miran el celular! Tal vez son androides.
Como con las entrevistas, desconozco el motivo de fondo. Me gusta pensar que, lanzados a la aventura de conocer una ciudad, prefieren omitir la interminable oferta de recomendaciones y reels de “imperdibles” y “lo que tenés que saber” y “top 5” de Instagram a cambio de escuchar un puñado de historias a viva voz, algo primitivo, algo presencial, algo real. Como si fuésemos indios alrededor de un fogón en una era prehistórica.
La magia no sucede siempre, por supuesto. Pero cuando pasa, cuando de verdad pasa, al terminar el tour el que quiere aplaudir soy yo.
Me preocupa el tema de los cafés. Buscate un problema de verdad, dirán ustedes. Pero verán, hablo no tanto de la bebida sino de los espacios. Es tan simple como que no me imagino una vida sin cafés, y en Berlín el temita plantea varios, digamos, desafíos.
Como primera medida es tal vez mi lugar de socialización preferido. Una excusa para dialogar con otro, atención, ser humano. Esos que tienen dos brazos y dos piernas y a veces hasta piensan cosas más allá de la UTT, la Universidad de TikTok. Desconfío de la integridad moral de cualquier persona que no disfruta encontrarse en un café.
Como con los restaurantes, agradezco todos los días que haya gente que, por decisión, acción, omisión u obligación, trabaje allí. Que hagan mover esa rueda sin la cual estos reductos no existirían. Me pone de mal humor y me invade un desánimo total cuando visito una ciudad o pueblo que no tiene un café o bar abierto. Localidades así no deberían ni aparecer en el mapa.
En Berlín se armó revuelo por una cafetería llamada LAP que tiene precios irrisorios, como entre 1 y 2 euros (cuando lo normal es entre 2,5 y 5 euros), lo que pone en jaque a las cafeterías locales. LAP es financiada por fondos de inversión y la mayor crítica que recibe es que es un modelo desleal: con esos precios se dan el lujo de perder dinero hasta que las cafeterías locales, que no pueden competir, cierran. Así acaparan el mercado.
Nunca fui muy del boicot. Por falta de compromiso o pereza, pero creo que cuando te ponés muy rígido por un lado por lo general hacés agua por otro, pero entiendo que el relativismo absoluto tampoco es ninguna solución. Cuando vivía en Argentina mi excusa siempre fue la urgencia, la falta de tiempo, el apuro del apuro. Con todos los quilombos que tengo mirá si me voy a poner a luchar contra las grandes corporaciones.
Pero últimamente pienso bastante en cómo cambia la ciudad y en qué tipo de ciudad me gusta. No hay que ser muy lúcido para darse cuenta de que, cuando uno viaja, lo lindo es descubrir aquello que hace único o diferente a un pueblo o localidad. Y que la apertura de grandes cadenas está genial pero que eso debería, mal o bien, convivir con lo local, nunca hacerlo desaparecer.
¿Alcanza eso para prohibir una cafetería con precios ridículamente bajos? No creo. ¿Alguna idea nueva para aportar? Para nada. Lo que sí sé es que hoy antes de comprar el libro en Amazon me fijo si la librería del barrio lo tiene, y que todo lo que puedo lo resuelvo en mi zona de influencia vecinal. Creo que el esfuerzo de crear algo y tratar de vivir de eso me dio una nueva perspectiva de lo importante que es apoyar a las personas que quieren hacer las cosas desde la convicción y el entusiasmo.
Entonces, a todos ustedes, emprendedores del corazón, les quiero decir: acompaño su lucha. Así y todo, bastante seguido me meto en un Starbucks y me doy un atracón de enchufes, conexiones, amplitud espacial y horario extendido. Lo que en verdad necesito hoy es un intermedio entre los cafés locales y las grandes cadenas. No quiero ir a Dunkin’ Donuts cada vez que tengo que pasar varias horas frente a la computadora, pero las opciones que me convencen no abundan.
Díganme soñador, pero miren lo que se me ocurrió: un café de barrio cuya ganancia va a una familia o a un emprendedor, que tenga más de cinco mesas y sillas con cuatro patas y respaldo. Y como pedir es gratis, voy a ir a fondo: que tenga una tecnología que funciona por ondas y permite hacer cosas asombrosas, a veces hasta necesarias en estos días, llamada Wi-Fi.
Juro que no estoy exagerando. A veces me voy a algún café del barrio y sí, señoras y señores, en pleno 2026 en la capital alemana, compartos los datos móviles de mi teléfono para llenar de internet la notebook y saltar al futuro. Debo reconocer que este tipo de maniobras para tapar falencias en bienes o servicios me hace sentir como en casa (pues yo argentino), pero acá no se trata de mi nostalgia.
El otro día por primera vez vi una plaza para niños donde estaban prohibidos los teléfonos: “Atención, zona libre de teléfonos. Acá nosotros somos los número 1”, decía el cartel junto al dibujo de dos niños. Esta es una ciudad cada vez más offline, que mira con desconfianza la conexión permanente y valora los momentos analógicos. Ya no es una “falencia” sino algo pensado y adrede. ¿Y saben qué? Me encanta. Y después me quejo. Y después me vuelve a encantar.
Berlín, un lugar donde vivir las contradicciones en paz.


