Refugio verde
Cada tanto mi psicólogo se desmarca con una frase excepcional en el momento justo. Esas que viajan al pasado, anclan y resignifican. El otro día fue: “Ah sí claro, pero lo ideal no pertenece al mundo de los humanos”.
Para eso sí te pago.
Soñé con Cortázar, con sus ojos separados. Se convertía en una rana, volvía a ser Cortázar y volvía a ser una rana. Y así, en versión animal, recitaba Toco tu boca y Aplastamiento de las gotas. Qué nivel.
Antes de la versión anfibia de Julito no me podía dormir. Di vueltas un buen rato y me puse a pensar en la habitación. La noche en Berlín tiene un silencio que yo desconocía para una gran ciudad. Un silencio sin fisuras. En líneas generales todo lo que creía sobre vivir en la planta baja de un edificio fue errado. Que podía ser más peligroso (no lo es), que el colegio de enfrente lo haría ruidoso (no lo es). Fue sumido en esa quietud de madrugada que recordé que justo debajo de nuestra habitación hay un refugio antiaéreo de la Segunda Guerra Mundial. No es una forma de decir. La clase de cosas que te pueden pasar en esta ciudad.
Con Sol nos enteramos medio de casualidad. Ante nuestra insistencia en averiguar si teníamos baulera o no, punto ambiguo del contrato de alquiler, el dueño -un tipo que parece implantado de Woodstock 1969- nos invitó a bajar y detalló: “Si ven un lugar libre pónganle un candado y lo pueden usar”. Este seguro vivía del lado comunista, pensé ante el particular criterio de propiedad privada. Tomamos la hoz, el martillo y allá fuimos.
Abajo el espectáculo era desolador. Hacia la izquierda se abrían algunos espacios con piso de tierra y unos tablones de madera que oficiaban de puertas. Un lugar donde, digamos, el vínculo habitual entre Alemania e infraestructura estaba definitivamente roto. Un subsuelo en zona franca. Encontramos un espacio libre, usamos un candado de bicicleta improvisado y en ese mismo acto expropiamos la parcela. Lo bueno: hay luz eléctrica.
Camino a la salida vimos una puerta metálica negra que, sorpresa, daba hacia todo otro sector igual de grande, aunque eso lo supimos después. Empujamos levemente la puerta y reinaba una oscuridad profunda. No había luz eléctrica así que iluminamos los primeros metros con la linterna del celular. Una inscripción en la pared nos llamó la atención: “Schutzraum für 50 Personen” (Refugio para 50 personas). La tipografía fraktur de la década del 40. Unas flechas pintadas en el piso y en las paredes señalaban la salida, es decir, hacia nosotros. Algo nos invitaba a irnos.
Apenas en el departamento Sol dijo: “En ese lugar hay una energía de mierda. Yo no bajo más”. Y cumplió. Yo en cambio festejé el descubrimiento como un gol en el minuto 89, un verdadero hallazgo. Imaginé tantas cosas. Primero mi mente argentina tomó el mando y fantaseé que hasta podía traer gente y hacer guita. Después pensé en llevarme de suvenir la chapa original clavada en una columna donde están las instrucciones de uso del refugio. Pará un poco por favor. OK, entonces voy a proponer artículos a los mejores medios periodísticos, voy a tomar fotos, imprimirlas y mostrarlas en los tours, en fin, no planifiqué un parque de diversiones porque era de mal gusto nomás.
Sin embargo, la realidad es que pasaron dos años y no volví a entrar. Las veces que bajé miré de reojo la zona del refugio, su oscuridad total, la temperatura incluso más baja que en el sector de bauleras. Será la humedad, será lo que sea que haya pasado, pero ahí el aire es más pesado que en el resto del sótano y cuesta moverse.
Mi entusiasmo fue decayendo, lo fui normalizando. Cada tanto yendo a buscar la bici al patio interno del edificio miraba la puerta y pensaba que así debe funcionar la naturalización de las barbaridades. Un día te sorprende que bombardeen tu ciudad, otro día también, después ya no tanto y más tarde forma parte de tu vida. Como contaba María, la chica de 19 años de Ucrania que llegó a Berlín escapando de la guerra y vivió un tiempo con nosotros: “En mi pueblo la guerra no es como en las películas o lo que imagina la gente. Las personas que se quedan siguen con sus cosas como pueden, van a la escuela, hacen trámites, pero de pronto bombardean tu barrio y tenés que ver qué queda y qué no. Y de vuelta a la escuela, a tus cosas, hasta el próximo bombardeo”.
En el caso de Berlín, como el plan de construcción de bunkers nunca fue suficiente para proteger a toda la población, los nazis ordenaron que los sótanos de los edificios se conviertan en refugios. La población tuvo que aprender a mejorarlos y acondicionarlos, lo cual obviamente no los convertía en un bunker, pero sí en el lugar más seguro del edificio durante un bombardeo. Sonaban las sirenas, los vecinos bajaban con lo imprescindible, y si tu departamento era destruido en el ataque te quedabas a vivir ahí.
Entonces, decía, no me podía dormir y entre todo lo que pensé me vi a mí mismo con insomnio justo arriba de ese espacio para proteger a 50 personas. Protegerlas de las 68.000 toneladas de bombas que caerían sobre la ciudad entre 1943 y 1945, tantas que todavía hoy encuentran una por mes sin detonar. Repasé mentalmente el croquis y ratifiqué que la parte del refugio es exactamente la que está debajo de la habitación.
Imaginé una cámara en un trávelin vertical, atravesando el piso de la habitación y llegando al refugio. Pensé en las mujeres, los niños, los ancianos, porque los hombres en edad de pelear tenían prohibido ingresar. Al fin y al cabo, salvando las diferencias temporales, todos ellos mis vecinos. Pensé en la conexión entre un sótano, la historia grande del siglo XX y la clase de historia durante el secundario, barrio de Belgrano, Buenos Aires, más de doce mil kilómetros al sur.
Uno de los grandes problemas en estos refugios era la falta de oxígeno, para lo cual se solían colocar tres velas encendidas a diferentes alturas. Como en esas condiciones el oxígeno se agotaba de abajo hacia arriba, la primera en apagarse era la más cercana al piso e indicaba que era momento de alzar a los niños en brazos. Cuando se apagaba la segunda era el momento de permanecer de pie, y cuando se apagaba la tercera había que abandonar el refugio para no morir asfixiado.
Otro problema era la oscuridad en caso de apagón. Para eso trazaban franjas en las paredes y los marcos de las puertas con pintura fosforescente, aprendí en la visita guiada a uno de los refugios más conocidos de la ciudad, organizada por Berliner Unterwelten (la asociación encargada de estos lugares). Para demostrarlo in situ el guía, tras la explicación, apagó todo y flash, la pared empezó a brillar. Quedé estupefacto y Sol, que entendió perfectamente lo que iba a suceder a continuación, se anticipó y me regaló una linterna. Para eso hizo la primera incursión de su vida en una armería -eso es amor- y el aparato que me entregó yo no sé cómo decirlo, tiene una cantidad de certificados y hologramas que se la recomendaría hasta a un astronauta para iluminar de planeta a planeta.
Así que más de dos años después, equipados, informados, imbuidos del espíritu de la aventura y con un miedo igual a cero, volvimos a bajar. Copié al guía y durante varios minutos iluminé sin piedad las franjas blancas que se diferencian del resto de la pared color crema. Las encandilé, las llené de ese haz blanco azulado que concentra más de un siglo de tecnología lumínica. Apagué la linterna por completo y sucedió: ese sótano sucio, roto y maloliente se encendió de verde. Verde flúor. Verde extraterrestre. Verde radioactivo. Dormido durante 80 años ahí estaba, justo debajo de nuestra habitación, permitiendo ver lo suficiente como para caminar y no tropezarse, manipular un utensilio o encontrar la salida.
Me quedé sin palabras, no pensé en nada más. Ahora, escribiendo esto, me pregunto cuándo habrá sido la última vez que ese verde brilló antes, quiénes lo habrán visto, en qué piso vivirían y qué habrá sido de ellos. Pero sobre todo me pregunto cómo voy a hacer para dormirme ahora.
En Alemania es imposible no tener una relación con la Institución. Así, en mayúscula. Sana, enferma o tóxica, todos tenemos nuestra intrincada relación con el Estado alemán.
Me pasa a veces cuando voy a hacer algún trámite insoportable que, una vez terminado, me doy cuenta de que extraño los grandes edificios. Esto de lo remoto es fantástico, digo, podés abrir una empresa desde un café, pero esas dependencias que imponen respeto tienen su mística. Pensar todo lo que pasó por ahí, qué se yo. No puedo fantasear con todo lo que pasó por mi Google Chrome.
Ojo, yo siempre fui más o menos crítico de las instituciones, digo, fuck off, sí, pero qué importantes que son. Creo que soy de una generación que, si pedimos un préstamo, todavía nos sentimos mejor si vamos a firmar los papeles a un terrible banco con escalinata de mármol. Que se impriman hojas y hojas, que se escuche ruido a Hewlett-Packard al borde del colapso, que corra tinta de por medio, que se apersone el Gerente de algo vestido impecable, que hable claro y pausado, con una sonrisa blanca que es expresión de su genuina alegría por el gran paso que estoy por dar. Como se imaginan caigo bastante fácil en las publicidades.
Convengamos al menos un punto: ahora es todo más fácil, pero si todo es más fácil también es más liviano, y si es más liviano tiene menos peso, y si tiene menos peso se siente menos importante. La neurosis a full.
En este ejercicio de escritura me esfuerzo por no poner fotos, links ni videos. Me esfuerzo por ir contra la época. Por algún motivo considero que es un esfuerzo que vale la pena. Un gesto que es una declaración de principios, un humilde aporte a la revolución más profunda que se pueda hacer en tiempos de inmediatez total: prestarle atención a una sola cosa durante un rato. Que esto sea un texto sin distracciones, un texto que solo apele a su condición de texto. Un aporte a la Civilización Occidental.
En otros aspectos mis principios son bastante más flojos. Por ejemplo, no quería que esto se convierta en algo tan personal. Lo imaginaba más en tercera persona, más periodístico. Pero después me siento a escribir y la primera persona se me viene encima. Tal vez por la distancia, pero… ¿la distancia de qué? ¿la distancia hasta dónde? ¿desde dónde se mide la distancia cuando el kilómetro cero se desplazó?
Hace un tiempo que pienso que ya no desconfío tanto de las religiones sino de todo lo que se vuelve religioso: teorías del bienestar que te dicen cómo tenés que vivir, rebelditos berlineses que si no te drogás no podés formar parte, el chico bien de turno que cree que el problema de la Europa civilizada son los migrantes. Supongo que se refiere a la Europa civilizada que nos regaló las dos guerras más crueles y sangrientas de la historia.
Por otro lado, me cuesta entender a la gente que dedica mucho tiempo a criticar a los alemanes o a ensalzarlos como si fueran lo más grande que hay. Como si fuera un partido de fútbol: nazis vs. la eficiencia absoluta. Yo prefiero observar. Observar cómo hacen las compras en el supermercado sin quitarse el casco de la bici, cómo en el tren despliegan sus tápers con pan y pedazos de frutas, cómo pedalean imperturbables bajo la lluvia.
No me interesa ni el neonazi (un caso perdido…) ni el Indiana Jones que se recorrió el mundo. Me interesa el alemán promedio, el que hace las cosas sin pensar demasiado, el que es alemán sin darse cuenta y en sus acciones condensa siglos de idiosincrasia, tradiciones, precisión en el lenguaje. El alemán por inercia.
Son meses veloces e intensos. A veces me sorprende la cantidad de cosas que efectivamente se concretan. Proyectos que parecen alocados, que al principio suenan delirantes, después se acotan, se van traduciendo al mundo de las posibilidades reales y finalmente con más o menos precisión ocurren. Es difícil no rendirse ante lo que simplemente se hace. Hacer como una bandera. Hacer como un antídoto contra el qué hubiera sido si.
El evento presencial de las Berliner Stamps fue el ejemplo más gráfico. Se trata del proyecto de crear las estampillas de algunas de las estaciones icónicas del tren de Berlín (S-Bahn), ideado y llevado adelante por Laura Martín, quien me invitó a formar parte y escribir los textos alusivos de cada estación. El plan: exponer y leer en vivo ante el público. El objetivo: hacerlo solo por placer.
Fue una reunión en un hotel, pequeña e inesperada y por eso me gustó tanto. Un evento que forma parte de todo eso que no tenía por qué suceder, pero termina ocurriendo porque algunas personas decidieron y actuaron para que fuera posible. Estas cosas me gustan doblemente porque además me hacen sentir que Berlín se acerca peligrosamente a esa ciudad idealizada que tenía en mente cuando apenas llegué: la ciudad donde todo es posible, donde podés cumplir tus sueños, la ciudad donde uno, finalmente, puede ser quien quiera ser.
Berlín es eso, claro, pero también todo lo contrario: el pantano que te puede tragar sin que nadie siquiera gire su cabeza. Aunque incluso ahí, en su costado más bravo, creo que todavía resiste en su capacidad de generar mil fantasías, de regalarte incertidumbre y satisfacción, de darte una mano mucho después de lo que la esperabas, pero justo antes del desastre. A veces pienso en esta ciudad como un pulso subterráneo que te recuerda que al final siempre se pudo, siempre se puede, siempre se podrá.
El evento tuvo un gran momento y fue cuando sucedió lo inesperado. Ver las ilustraciones de Lau impresas fue genial, leer mis propios textos en vivo fue algo nuevo y revelador; yo no sabía que podía ser ese y descubrirse a uno nuevo siempre roza lo mágico. Todo eso era lo que se esperaba y salió increíble. Sin embargo, el giro sorpresa para mí fue cuando algunos asistentes se animaron a pasar al frente y contar sus propias historias. Es algo obvio, pero mis nervios me hicieron pasarlo por alto: las estaciones son puntos que quedan fijados a las primeras emociones de cualquiera que se lanza a vivir en un lugar desconocido. Nodos que concentran el recuerdo del shock inicial. Donde uno se dio cuenta de que no entendía una sola palabra, para otro el punto de encuentro con sus nuevos amigos, para una chica donde conoció a un amor; a fin de cuentas, donde todos empezamos a tratar de hacer familiar un lugar tan extraño al que hubo que convertir en hogar.
Fue el momento en el que las estampillas dejaron de importar, pero sobre todo fue lindo porque fue el momento en el que las estampillas dejaron de ser de Lau y mías y pasaron a ser de quienes estaban ahí.
Con Chat GPT nos tomamos un tiempo. Sé que él está en mi futuro, pero no termino de entender la forma que tomará nuestro vínculo. Sé que tiene mucho potencial, sé que es necio negarse y ya dio sobradas pruebas de su eficiencia. Pero me cansa, lo siento un poco adulador por demás y tengo un agotamiento digital al que no le termino de encontrar la vuelta.
En Berlín lo analógico sobrevive muy bien. A veces puteo porque año 2025 y no puede ser que algunas cosas no estén digitalizadas (lo cual anula todo lo que dije antes de mi amor por hacer trámites en grandes edificios). En Alemania todo es lento, de una única manera y en general está más o menos bien hecho. En Argentina todo es rápido, hay mil maneras distintas de resolverlo y el 90% de ellas presentará un problema en el corto plazo, lo cual reinicia el ciclo y activa otras formas rápidas de solucionarlo porque no tengo todo el día flaco y así y así.
La sensación de resolver algo rápido es pura dopamina. La historia de cada argentino podría ser, desde un cierto punto de vista, una sucesión de solucionar cagadas inesperadas desde su nacimiento hasta la muerte; a veces, incluso, resolver varias de manera simultánea. Un arte. El problema es que si estás todo el tiempo solucionando algo en el fondo no estás solucionando nada, de la misma forma que si estás riéndote todo el tiempo no te estás riendo de nada, o si estás de vacaciones todo el tiempo la propia idea de vacaciones deja de existir.
Todo esto para decir que a veces, cuando pienso en Alemania, la pienso como la calma en el hacer. Hacer de a una cosa por vez.
El chico del café de la esquina es el ejemplo perfecto. Le pido un cappuccino, me lo cobra más de cuatro euros lo cual indica que el mundo se está yendo a la mierda, pero me gusta el lugar y hoy quiero ese cappuccino. El hace todo lentamente, paso a paso, mientras el resto de los clientes espera a que termine. Nadie le pide nada mientras hace mi cappuccino, yo mismo no le pido nada porque siento que una palabra interrumpirá este mecanismo de producción que se supo armar y solo demoraría el proceso inútilmente.
En Argentina, el chico de la cafetería te arma el cappuccino mientras le cobra al cliente anterior, cierra la caja registradora para que no le choreen la guita y dibuja un Picasso para enseñarle latte art al pasante. Todo acompañado por una fina coreografía en la que pasa a centímetros de todo y no tira nada, tararea la canción que está sonando, chequea el celular y te pide que le repitas todo el pedido porque si se equivoca se lo descuentan. Diferencias.
Hay un estereotipo de turista con el que todavía no sé lidiar. Es el que va buscando lo mismo en todas partes. Es decir, en vez de tratar de entender la singularidad del lugar que visita, llega con una idea previa de lo que le gusta y va como un perro buscándolo todo el tiempo. Necesita que se repita eso que ya vio en otra parte -a veces solo en las películas- para corroborar que valió la pena el viaje hasta acá. Cada uno viaja como quiere, pero a mí el método se me hace una gran idea para sentir frustración crónica.
El otro día me tocó uno. Si viene en grupo no pasa nada porque se diluye en la masa, pero este fue un tour privado. Él y su familia, por supuesto educada en el arte de ni siquiera intentar percibir alguna sutileza a su alrededor. Ya me la veía venir y cuando llegamos al bunker de Hitler sucedió: no pasaron tres minutos que dijo “aquí no hay nada para ver, sigamos a otro lado”.
Normalmente trato de explicar que en Berlín donde no hay nada para ver es donde más hay que mirar, pero para qué. Terminemos de forma pacífica y a otra cosa. Eso sí, cuando me preguntó qué otra ciudad le recomendaba para conocer no dudé un segundo: probá con Las Vegas, my friend.
En el extremo opuesto estuvo Myriam, una mujer de unos cincuenta largos. Me contó que era aficionada a los rompecabezas. Desde chiquita, arma y arma rompecabezas que se compra en distintos países. Como en todo, me ilustra, hay marcas medio pelo y otras excelentes, y una de estas últimas, con sede en un país de Europa del Este que no recuerdo, ofrece el increíble servicio de si perdés una ficha enviártela a tu casa en cualquier parte del mundo.
Una ficha, a cualquier parte del mundo. Gratis.
Una vez le pasó, les escribió y efectivamente la pieza llegó. Se imaginan ese viaje, la cantidad de factores que intervienen para que todo eso funcione como funcionó, una simple pieza de rompecabezas en un sobre que sale de un país de la ex Unión Soviética, atraviesa miles de kilómetros hasta llegar a esa tierra lejana y fértil llamada Argentina. Y eso es solo la mitad, resta la aduana y el correo local hasta dar con la puerta de su casa.
Myriam y sus fichas de rompecabezas, el tipo de historias que me hace no perder la fe en el mundo.
Se acerca fin de año que siempre es una época rara. Balances y todo eso. Por mi parte tengo objetivos modestos. Uno de ellos es pasear por la ciudad como Rosario Bléfari por Buenos Aires: haciendo pequeños mandados, encargos, trámites. No demasiado importantes como para arruinarme el día si fracasan, no demasiado triviales como para que ni valga la pena hacerlos.
Si me pongo a pensar los lugares que más me sorprendieron de la ciudad los encontré yendo a hacer otra cosa. Yendo a hacer otra cosa, sí, pero mirando. Berlín es una gran metrópoli para eso. En la calle más tranquila se esconden enciclopedias. Lograr ver lo extraordinario en lo ordinario, el superpoder que quiero para mí. Parece una pavada, pero no lo es: solo ves un lugar por primera vez una vez en la vida. Cómo te lo vas a perder.


